Mientras las colonias populares de Puebla se hunden en la oscuridad, con calles convertidas en trampas mortales por baches, alumbrado público inexistente y una inseguridad que no da tregua, el alcalde José Chedraui ha encontrado su nueva “gran obra” de gobierno: poner foquitos al Palacio Municipal.
Y no, no es broma, este fin de semana, con bombos y platillos, inauguró un pomposamente llamado sistema de iluminación arquitectónica con 163 proyectores LED que hacen brillar la fachada del edificio como un árbol de Navidad caro (y de mal gusto). Efectos dinámicos, colores cambiantes, tecnología de vanguardia. Todo muy bonito para las fotos y los videos que seguramente ya están circulando en las redes oficiales. “Puebla Brilla”. Brilla el centro histórico; las periferias que se jodan.
Es el símbolo perfecto de este gobierno de pacotilla, priorizar la apariencia sobre la sustancia. Mientras el Gobierno Estatal -que no tiene obligación legal de hacerlo- invierte en obras reales en la capital, el alcalde se dedica a embellecer “su” casa de gobierno.
¿Iluminación para las familias que regresan a casa a oscuras temiendo un asalto? Eso no genera likes. ¿Arreglar baches que rompen amortiguadores y fracturan ejes todos los días? Eso requiere trabajo de verdad, no un espectáculo circense, propio de un payaso.
Chedraui ha convertido la gestión pública en un ejercicio de mercadotecnia barata. “Modernización”, “patrimonio”, “turismo”, palabras bonitas para justificar que, en lugar de resolver los problemas estructurales de la ciudad, prefiere que el Palacio Municipal luzca como cabaret de mala nota los fines de semana.
Es el gobierno del show antes que del sudor, del foquito antes que del asfalto; la sociedad no es tonta, ve cómo se gasta dinero público en proyectores que cambian de color mientras en colonias enteras la luz pública es un lujo intermitente o inexistente.
La sociedad ve cómo se presume eficiencia energética en la fachada del edificio donde ocupa una silla Chedraui, mientras las calles siguen siendo zonas de guerra para los automovilistas y peatones.
Ve, en fin, la enorme distancia entre la Puebla que vende el alcalde en sus spots y la Puebla real que padecen cientos de miles de habitantes; este tipo de ocurrencias no son inocentes, revelan una mente calenturienta -por no decir vacía- y una actitud frívola del poder: el gobernante como payasito, no como servidor público.
El Palacio iluminado se convierte en un monumento a la vanidad municipal, mientras la ciudad se apaga en lo esencial. Es el gobierno de las luces de neón para tapar la oscuridad de la gestión.
Puebla merece mucho más que un alcalde de foquitos; merece alguien que entienda que gobernar no es iluminar fachadas, sino iluminar realidades. Que la verdadera “Puebla Brilla” no se logra con 163 proyectores LED, sino con calles seguras, alumbrado público funcional, pavimentación digna y un centro de mando que atienda primero a los que más lo necesitan.
Mientras el Palacio Municipal reluce, las colonias siguen a oscuras. Esa es, lamentablemente, la herencia maldita que está dejando José Chedraui: un gobierno que brilla como tugurio, pero que al interior está fundido: un gobierno de pacotilla.